Fatales, aunque no del todo imaginarias

En 1927, en el barrio neoyorquino de Queens, Albert Snyder, diseñador de publicaciones, apareció estrangulado en su piso, que estaba revuelto y desordenado, indicios, al parecer evidentes, de un robo con resultado mortal.
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En 1927, en el barrio neoyorquino de Queens, Albert Snyder, diseñador de publicaciones, apareció estrangulado en su piso, que estaba revuelto y desordenado, indicios, al parecer evidentes, de un robo con resultado mortal. Pero pronto se descubrió lo que realmente había ocurrido: Ruth Snyder, esposa del fallecido, junto con su amante, Judd Gray, un vendedor de  corsés, habían asesinado a aquél, para cobrar su seguro de vida y empezar una nueva vida juntos. Ambos fueron condenados y ejecutados en la silla eléctrica.

En 1943, el escritor James M. Cain publicó la novela “Double Indemnity”, basándose en ese caso criminal y trasladando la acción a Los Ángeles. Dos años después, el director de cine Billy Wilder convirtió esa novela  en película con el mismo título, siguiendo las pautas de la historia real: Phillys Dietrichson (Barbara Stanwyck, teñida de rubio), enamora y convence al ambicioso agente de seguros Walter Neff (Fred MacMurray) para doblar la indemnización del seguro de accidentes de su esposo para, a continuación, matarlo simulando un fortuito percance mortal, y largarse con el dinero de la prima. En España, la película se tituló “Perdición” y en Alemania “Frau  ohne Gewissen”, algo así como “Mujer sin conciencia”, un título que a Wilder le pareció una  estupidez: “Se refiere –dijo– más o menos, a seiscientos millones de mujeres”.

 

 

Aunque no era la primera “mujer fatal” que el cine negro incorporaba a una trama criminal, aquella Phyllis Dietrichson marcó un antes y un después, señalando algunas de las características que se harían comunes en el género, abonadas por la recurrente presencia en las crónicas periodísticas sobre esposas infieles y eventualmente asesinas de sus cónyuges, que darían pie a películas más o menos similares, actualizando personajes y circunstancias. Un buen ejemplo de ello sería aquel indisimulado “remake” de “Perdición” que fue, en 1981, “Fuego en el cuerpo”, con Kathleen Turner y William Hurt, o, en 1987, “El caso de la viuda  negra”, donde Theresa Russell se deshace de maridos con mucho dinero y también mucho mayores que ella, al poco tiempo de contraer matrimonio, una historia también nacida de los archivos policiales. Y aunque no hay que olvidar que, tanto en el cine como en la vida real, hay un número mayor de elegantes y seductores señores que envenenan a viudas ricas,  maduras y solitarias (“La sombra de una duda”, de Hitchcock, podría ser el paradigma de ello), de vez en cuando las páginas de sucesos parecen sustituir a las historias que vemos en la pantalla, y si no, repasen los detalles del reciente y mediático “crimen de la Guardia Urbana”, ocurrido en Barcelona, por no adentrarnos en una hemeroteca más lejana en el tiempo.

 

 

 

Pero ahora alguien nos dice, desde las páginas de un libro, que la “femme fatale” no existe,  que es una pura invención, tan antigua como persistente. El libro, invirtiendo la prueba de carga, se titula “Hombres fatales” (Ed. Acantilado) y lo ha escrito la filósofa Elisenda Julibert. La autora sostiene que “las mujeres que provocaron la ruina de los hombres que cometieron la imprudencia de desearlas, más que fatalidad propia de las mujeres… es un deseo masculino  de demonizar a quienes no se someten a su voluntad, un reflejo del pavor histórico que muchos han sentido ante la posibilidad de la liberación de la mujer”. Dicho está. Y claro, como puro  estereotipo de esa supuesta fatalidad, Julibert enumera los tópicos que rodean a las arpías nacidas de ese “deseo masculino”: “Es rubia o morena, fría o cálida, sincera o mentirosa, tímida o decidida, fogosa o frígida. En realidad, es tan diversa y cambiante como el deseo de quienes imaginan esos personajes”

 

 

 

El libro no es especialmente prolijo –176 páginas– y tras remontarse a la mitología y a la historia más lejana, con sus referentes pictóricos y literarios, es ahí, en la literatura, donde la  autora despliega una especie de investigación en torno a personajes como Lolita (Nabokov)  o Carmen (Merimée) a través de los hombres que las desearon e intentaron modelar a su gusto, para recalar en mujeres que, según la autora, el cine ha encumbrado como modelo de fatalidad para sus obsesivos amantes, aunque también proceden de la literatura: la Conchita de “Ese oscuro objeto del deseo”, según Buñuel, y la Madeleine de “Vértigo”, idealización del amor destructivo según Hitchcock.

 Para el firmante de esta reseña, ninguna de ellas, a despecho de  la modelada visión de sus autores, responde plenamente a la categoría de “femme fatale”. Kubrick ya fulminó el aura de la Lolita adolescente al presentárnosla, casi al final de su película, como una vulgar ama de casa, con rulos y gafas de miope. Carmen, por su parte, no                   amenaza a nadie con su embrujo: sólo defiende su independencia, a remolque del estigma étnico y social. La Conchita imaginada por Pierre Louys en “La mujer y el pelele” se transforma  de la mano de Luis Buñuel en una jovencita espabilada que saca partido del caprichoso infantilismo de su pretendiente, ese Mathieu Feber desprovisto del menor sentido del ridículo. Y, en fin, la Madeleine pasiva y algo aturdida de “Vértigo”, más que actuar como sirena encandiladora, se deja transformar por ese Scottie/Pygmalion del que Hitchcock sólo se atreve a insinuar su impotencia sexual, que estaba claramente presente en la novela original de Boileau y Narcejac.

 

 

 

 

“El mito de la mujer fatal está agotado”, asegura Elisenda Julibert. No sé si algo de esta conclusión puede deducirse de que el libro nació, según parece, “de una ruptura sentimental en la que ella no se sintió tratada con justicia”. Concedamos, sin embargo, que el mito de esas mantis religiosas (aunque haberlas, haylas) ya no parece encajar en una sociedad que avanza, paso a paso, hacia un igualitarismo finiquitador de antiguas etiquetas. De modo que, a guisa de alternativa para seguir hablando de mujeres y de hombres, podríamos pres-cindir de la “femme fatale” como mito y centrarnos en mujeres del día a día, normales y corrientes, de ésas de las que se sigue hablando en textos y películas. Así, el título del libro “Hombres fatales”, podría definir más exactamente la posición masculina respecto a la mujer que todavía se puede escuchar en algunas películas, no recientes, pero vivas y coleando en la programación televisiva. A modo de ejemplo, unas cuantas frases, más o menos lapidarias: “O sea, que sólo hay dos clases de mujeres: las que cobran y las que te lo hacen pagar” (“Asig natura aprobada”, 1987). “Según las estadísticas, hay más mujeres en el mundo que otra cosa, excepto insectos” (“Gilda, 1945). “Tengo debilidad por las mujeres realistas e independientes, con grandes tetas” (“El escándalo Blaze”, 1989). “Si una chica tiene menos de 21 años, la protege la ley; si tiene más de 65, la protege la naturaleza. Entre esos dos límites, el campo es libre (“Operación Pacífico”, 1959). De nada.

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