ActualidadJosé MoránOpinión

Malos tiempos

Si alguien nos hubiera dicho hace escasamente cuatro años que íbamos a vivir una pandemia de consecuencias sanitarias tan devastadoras como la COVID-19, seguida de una guerra de invasión de un Estado europeo que ocasionara el mayor éxodo de seres humanos en Europa desde la segunda guerra mundial (1939-1945), y la consecuente desestabilización económica del continente y el aumento de la tensión política entre potencias internacionales hasta límites de alcanzar el riesgo de amenaza nuclear que caracterizó a la guerra fría, tildaríamos a ese “alguien” de estar poco cuerdo o ser un mal agorero.

A nadie se le escapa, que la sociedad europea se halla en una difícil situación que está provocando que estemos viviendo momentos difíciles y peligrosos. Por un lado, las duras consecuencias socioeconómicas de la crisis pandémica de la COVID-19 que se unen al precario contexto socioeconómico que dejó la crisis de 2008. Por otro lado, el aumento de los nacionalismos exacerbados en el seno de Europa y del imperialismo en países limítrofes como Rusia. Y por último, su deficiente y deficitaria política energética que hace que los países europeos y sus economías dependan de los designios y voluntades de autócratas rusos, dictadores, o monarcas absolutistas, y que ahora estemos viviendo una de las mayores subidas en el precio del petróleo y su consiguiente inflación en toda la UE.

Crisis y Ultranacionalismo

La crisis financiera del 2008, y sus consecuencias en Europa: pérdida de poder adquisitivo, aumento del desempleo, falta de oportunidades y merma del Estado de bienestar, provocó que al tradicional sistema de partidos que había caracterizado el panorama político europeo de postguerra, con la sucesión en el gobierno de la mayoría de países de Europa Occidental de partidos socialdemócratas y conservadores, comenzara a ser cuestionado y le surgiera un difícil y más que peligroso competidor, los partidos ultranacionalistas y de ultraderecha.

Por toda Europa, desde la irrupción de la crisis de 2008, han proliferado estos partidos de ultraderecha que han ido aumentando sus apoyos gracias al descontento popular con la situación socioeconómica existente. Estos partidos, con su parafernalia y relato de exaltación nacional y patriotismo, y un discurso xenófobo, y una utilización de las redes sociales basada en la crispación y la confrontación a través de un discurso duro, descalificativo y populista han ido aumentando su presencia en el panorama político europeo. Las duras consecuencias socioeconómicas provocadas por la COVID han hecho que este discurso cale con más fuerza en sectores de la población ávidos y necesitados de soluciones a sus problemas.

Los datos son evidentes. A día de hoy, solo existen cinco países de la UE cuyos parlamentos están libres de partidos de ultraderecha como son: Croacia, Irlanda, Malta, Luxemburgo y Rumanía. Si nos ciñéramos a resultados electorales, en todos los países de la UE los partidos de ultraderecha han obtenido más de un 10% de los votos, a excepción de: Chipre, Grecia, Lituania, y Portugal.

“Curiosamente”, gran parte de estos partidos de ultraderecha, durante años, han obtenido el apoyo económico del partido “Rusia Unida” cuyo líder es un tal, seguro que os suena: Vladimir Putin. Solo hace falta darse una vuelta por la hemeroteca para ver los acuerdos de cooperación firmados entre la formación rusa u organizaciones afines a ellas con partidos ultraderechistas europeos. Véase, el Partido de la Libertad Austríaco (FPÖ), el francés Reagrupamiento Nacional, o la Liga italiana de Salvini, líder italiano ultraderechista que acudió al Parlamento europeo hace unos años con una camiseta con la efigie de Putin, y que tuvo la desvergüenza de ir a hacerse la foto hace escasas semanas a la localidad polaca de Przemysl, donde el alcalde de la ciudad, le recordó su desvergüenza mostrándole dicha camiseta delante de las cámaras.

También ha quedado demostrado que la “Rusia Unida” de Putin mantiene buenas relaciones y un contacto estrecho con partidos como el AFD alemán, los húngaros Fidesz y el Jobbik o el UKIP, partido que lideró el Brexit. Asimismo, el Parlamento Europeo acordó investigar el pasado marzo de 2022, los contactos del independentismo catalán con el Gobierno ruso.

Llegados a este punto a nadie se nos escapa la conexión de Putin con gran parte de los partidos ultranacionalistas y de ultraderecha, el motivo es claro. Desestabilizar la política europea, desvertebrar la UE. ¿Por qué? También tiene fácil respuesta, una Unión Europea, unida, cohesionada y vertebrada hace de ella un actor internacional más fuerte, potente, y eso no interesa a los deseos imperialistas de Putin, de ahí que Putin apoye a partidos ultraderechistas y ultranacionalistas o cualquier elemento distorsionador de la política europea como pueden ser movimientos independentistas. No olvidemos que uno de los pilares donde se sustentan los partidos de ultraderecha es su ataque a la UE, por la perdida de soberanía que supone para los Estados. Pongamos como ejemplo la declaración firmada por Abascal, líder de Vox, junto a otros líderes de extrema derecha como primer ministro húngaro, Viktor Orbán (Fidesz); la presidenta de Agrupación Nacional, Marine Le Pen; y el líder de la Liga Norte italiana, Matteo Salvini, en la que rechazaban el proceso de más Europa, acusando a la UE de atacar la «soberanía nacional».

Imperialismo ruso

Otro de los problemas que nos ha “estallado” en la cara a los europeos, y que muchos no veían venir es el imperialismo del presidente ruso, Vladimir Putin y su deseo de recuperar la “Gran Rusia”. La invasión rusa de Ucrania, ha dejado entrever lo que algunos ya vaticinábamos, esas ansias imperialistas del autócrata ruso Vladimir Putin, que no ha tenido escrúpulos a la hora de invadir un Estado soberano y democrático como Ucrania, cuando este Estado ha decidido abandonar la órbita de influencia rusa, y acercarse a Europa, solicitando su adhesión a la OTAN y a la UE.

El intervencionismo militar ruso de la mano de Putin no es nuevo desde su llegada al poder. El ataque de Putin sobre Ucrania es solo la última entrega de una serie de intervenciones militares, sirvan como ejemplo: Chechenia (1999), Georgia (2008), Kirguistán (2012), Crimea (2014), Siria (2015) o Kazajstán (2022).

No obstante, la invasión de Ucrania perpetrada por Putin, es la de mayor calado y de mayores consecuencias, puesto que ha provocado que tanto la UE como los países que conforman la OTAN hayan ayudado al pueblo ucraniano de la atroz invasión rusa, lo que ha generado que lo que debía ser para el ejército ruso un paseo militar se haya convertido en una guerra larga y de desgaste que ha generado un aumento de la tensión internacional, hasta el punto que Putin ha amenazado con la utilización de armas de disuasión, eufemismo de armas nucleares.

Las consecuencias de la guerra no se han hecho esperar. En primer lugar, el drama humano, destrucción, muerte y éxodo humano. Según datos difundidos del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la invasión de Ucrania ha provocado que casi seis millones de personas se hayan visto obligadas a salir del país. Asimismo en Ucrania hay alrededor de 8 millones de desplazados internos (personas que han tenido que abandonar sus hogares y ahora viven en otros puntos de Ucrania).

Por otro lado, a nivel político la guerra ha dejado entrever un reposicionamiento de las potencias internacionales, por un lado las democracias compuesta por los Estados miembros que componen la UE, junto al Reino Unido y EEUU. Por el otro, Rusia, y China, auténtico gigante político, económico y militar que depende en gran medida del petróleo y gas ruso. Ambos países son importantes socios comerciales, incluso militares. China es actualmente el mercado más grande para las exportaciones rusas, como petróleo, gas, carbón y productos agrícolas. Asimismo Rusia es para China el principal exportador de gas natural, recurso energético esencial para el crecimiento económico del gran gigante asiático.

Así pues, después de 33 años de la caída del muro de Berlín el mundo parece dividirse en dos bloques bien diferenciados, el de occidente lidereado por EEUU y la UE, y el de “oriente” con la asociación estratégica Rusia-China. Sirva como ejemplo que estos dos últimos países se han mostrado contrarios públicamente a cualquier ampliación de la OTAN, lo que denota una sintonía en política exterior respecto al bloque occidental.

Chantaje energético

La UE, es un auténtico gigante político, basado en principios y valores democráticos y del Estado de derecho, pero ha sido tildada por los analistas en política exterior como un verdadero enano en política exterior y desde el punto de vista del autoabastecimiento energético. A la vista está las duras consecuencias que ha tenido para la UE la invasión de Ucrania, con el posterior aumento de los precios del gas y el petróleo ruso, lo que ha generado una despiadada inflación que se ha hecho notar en las economías de los Estados miembros de la UE.

Esta consecuencia ha demostrado la fuerte debilidad y dependencia que la UE, y otros países democráticos, tienen en un sector tan estratégico como el petróleo y el gas, recursos energéticos que están en su mayoría en manos de dictaduras lo que hace que la autonomía e independencia energética de Europa, y con ella la de sus ciudadanos y ciudadanas, estén supeditada a las voluntades y caprichos de dictadores, autócratas y dictadorzuelos.

Una Europa más unida, más fuerte e independiente energéticamente

Ante este panorama de dependencia energética y subida de los precios por la inflación, de vaivenes económicos, de precariedad en muchos casos, en otros de subsistencia, llegando a final de mes con el agua al cuello o tirando de tarjeta; con el ascenso de formaciones ultranacionalistas y de ultraderecha aprovechando el hartazgo y el enfado de la gente, azuzando y generando crispación social y de debilitamiento de gobiernos e instituciones nacionales y europeas con su estrategia de incendio de redes sociales y a su agresiva política de comunicación y confrontación: con un autócrata con complejo de zar, invadiendo países democráticos, que no duda en amenazar con extender la guerra a otros países europeos, incluso en utilizar la amenaza nuclear como medio de presión; las soluciones pasan por incrementar la cooperación entre los Estados miembros de la UE, la rápida aplicación de medidas que palien el chantaje económico y las consecuencias de la subida del precio del petróleo y el gas, a corto plazo tal y como está haciendo la UE y sus Estados miembros, la implantación de un plan estratégico energético basado en energías alternativas al petróleo y al gas y haga de Europa una región autónoma e independiente del gas y el petróleo en manos de dictadores y dictadorzuelos; así como la aplicación de más paquetes de ayuda económica que reactiven la economía y recuperen el Estado de Bienestar de los ciudadanos y ciudadanas de los Estados miembros de la UE.

Europa y sus ciudadanos se enfrentan a uno de los más difíciles contextos y episodios históricos desde la formación de lo que hoy es la UE en 1957, esperemos que tanto dirigentes como ciudadanos estemos a la altura de las circunstancias, y la cooperación, la colaboración, la unión sigan prevaleciendo sobre la crispación fomentada por ciertos sectores internos ultranacionalistas, así como las amenazas externas imperialistas que acechan a Europa.

José Morán

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