ActualidadCARLOS FERREREl Turista Original

100 años de Ulises, el novelar de la conciencia por Joyce

Se cumple el centenario de la publicación de una de las obras esenciales y más controvertidas de la literatura del s. XX

16 de junio de 1904, 18 horas, de 8 de la mañana a las 3 de la noche, un libro, 18 episodios, cada uno de ellos asociado a un canto de la Odisea, una hora, un color, un órgano humano. En la célebre novela Ulises de James Joyce, las proezas del griego Ulises tienen su equivalencia en el deambular del judío Bloom: en el capítulo Hades, la visita al cementerio de Bloom se puede equiparar al descenso a los infiernos de Ulises; en El cíclope, el ultranacionalista Ciudadano atrae a Bloom al bar de Kiernan (caverna) para lanzarle una caja de galletas; en Circe, la dueña de un burdel es equiparable a la hechicera que convierte en cerdos a los hombres, Las sirenas está  escrito como estructuras musicales; Ítaca a modo de catequismo… Las correspondencias con la Odisea son continuas, así como las referencias literarias constantes (Dante, Shakesperare, Goethe, Dickens, Cervantes, Kipling, Mallarmé) y las alusiones a la comida van más allá del capítulo Lestrigones, pero su descubrimiento no resulta imprescindible para poder disfrutar de la novela.

James Augustine Aloysius Joyce (1882-1941), admirador de Dostoievski, Shakespeare e Ibsen, admirado por Pound, Faulkner, Beckett y Pynchon, tenía tan solo cuatro libros en su haber antes de Ulises, publicado por entregas en la norteamericana Little Review (gracias a sus editoras Jean Heap y Margaret Anderson) entre 1918 y 1920 hasta que la obra fue considerada una obscenidad por la censura. La librera de la parisina Shakespeare and Company, Sylvia Beach, tuvo el acierto de publicar en 1922 la obra íntegra el día del cumpleaños de Joyce, 730 páginas (en el original) con las peripecias del agente publicitario Leopold Bloom, sus ilusiones y debilidades, sufrimientos y miserias, nimiedades y vacilaciones, bondades y rutinas, dudas y deseos, temores y anhelos. En un principio era un relato de Dublineses, volumen que se iba a titular Ulises en Dublín y que convirtió al escritor en el Chéjov irlandés gracias sobre todo a “Los muertos”, y la primera edición con los ejemplares numerados se vendió mediante el sistema de suscripción. Beach produjo la grabación de un audiolibro (vinilo) no venal, del que se hicieron treinta copias y en el que el propio Joyce leía durante un par de minutos.

Desde 1918, Joyce padeció iritis, sinequia ocular, glaucoma y desde 1922 necesitó de gafas y lupa para poder leer

Sin intriga narrativa y sin narrador omnisciente, este arabesco es la culminación de la novela realista del s. XIX y su superación (para T. S. Eliot, Joyce fue el escritor que mató literariamente al s. XIX), porque anula el desajuste entre el tiempo de la novela y el tiempo de la narración. Hay una voluntad cartográfica de reproducir los espacios que afecta a las acciones de los personajes, porque el lector sabe lo que Bloom ve (piensa, siente y dice) y no solo es testigo de lo que sucede en el interior de Bloom, sino también en su más inmediato alrededor, un repertorio de hechos por un lado cohesionado por la trama de asociaciones y símbolos que le da forma y, por otro, hilvanado por los silencios u omisiones (utilizados para eludir respuestas explícitas), en ocasiones suficientemente elocuentes.

El novelar de la conciencia. Los monólogos interiores vierten las imágenes tal y como son pensadas por los personajes, desinhibidas, y su influencia es patente en Virginia Woolf, aunque ella tildara el Ulises de granítico, difuso, grosero y pretencioso en sus diarios y rechazara su publicación como libro en su editorial Hogarth Press. Esta técnica del monólogo interior procede del libro de Eduard Dujardin Les lauriers sont coupés (1887). A su vez, el recurso de la corriente (o fluir o flujo) de conciencia, esos pensamientos de apariencia incongruente que irrumpen cual alud sin el tamiz de la reflexión, provoca que el lenguaje sea como un hechizo sugerente y el constante cambio de estilos lleva igualmente a una embriaguez verbal repleta de juegos de palabras, un entreverado de realismo y simbolismo con dosis de tragicomedia, una crónica caleidoscópica de la ciudad, pero de lo concreto convertido en universal, porque lo que sucede en este Dublín joyceano también sucede en otras urbes del mundo. Este es el Dublín de un modesto burgués a la deriva, porque si Stephen Dedalus (Telémaco), quien representa para Bloom al sustituto espiritual del hijo perdido, está en un momento de crisis personal, enemistado con su padre y con remordimientos por la muerte de su madre, Bloom no pasa por un mejor momento, engañado por su mujer, cansado y aburrido de tanta monotonía, sin un futuro motivador en el horizonte.

Joyce fue aficionado a la ópera y recibió clases de canto y solfeo. Molly Bloom es cantante profesional en la novela

El último capítulo, ese final emblemático del monólogo interior de la infiel y ensoñadora nacida en Gibraltar Marion Tweedy Bloom (Molly Bloom-Penélope), compuesto por decenas de páginas sin signos de puntuación (para no arruinar el fluir incesante), se desarrolla a golpe de trivialidades, arrebatos, prejuicios, fervores vitales a la vez que ordinarios, deseos fragmentarios tan fugaces como entremezclados, ilusiones y cursiladas producto de un dinamismo verbal desaforado, sensible y emocional, que fue adaptado al teatro por el español José Sanchis Sinisterra.

Italo Svevo, amigo de Joyce durante su estancia en Trieste (Italia), lo llamaba cariñosamente el “mercader de gerundios”

Una prosa repleta de aliteraciones y sonoridad musical, aunque las resonancias fónicas se pierdan con la traducción, y que se apoya en vocablos científicos, arcaicos, marginales e incluso jerga, en juegos políglotas, neologismos por aglutinación, permutas en rima consonante. La traducción de la edición de Cátedra, a cargo de Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas, ha tenido en cuenta cinco ediciones del texto de Joyce, sobre todo la sinóptica de Hans Walter Gabler de 1984. En las librerías también se encuentran las del argentino José Salas Subirat (1945), José María Valverde (1976), Marcelo Zabaloy y Rolando Costa Picazo. Ahora es el turno de que el lector elija la suya y viva su 16 de junio de 1904. El día de Bloom.

Carlos Ferrer

About Author