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El Lápiz: Objeto en serio peligro de extinción

lápiz.

(Del lat. lapis, piedra).

1. m. Nombre genérico de varias sustancias minerales, suaves, crasas al tacto, que se usan generalmente para dibujar.

2. m. Barra de grafito encerrada en un cilindro o prisma de madera, que sirve para escribir o dibujar.

Así lo define nuestra R.A.E. y de estas dos acepciones, válidas en ambas para desarrollar y, si cabe, justificar el título de este escrito.

El lápiz no proviene de familia “linajuda”, como diría el inspiradísimo TIP, pero sí que fue el circunstancial instrumento del que tuvieron que servirse los cromañones, antropopitecos, erectus, sapiens y parientes para comunicarse sin gritos y dejando constancia de sus códigos de lectura, todavía hoy ignorados, entre congéneres no siempre entendibles.

Cuando se descubre la maravilla que supone poder “decir”, a través de unas hábiles líneas que se producen al traspasar la suciedad de las manos a la pared por simple contacto, surgen los primeros chamanes, con la impronta de ser capaces de unificar criterios respecto a los grafismos que, por común aceptación, se constituyen en un lenguaje, más o menos aprehendido por los homínidos, primates con principios de inteligencia o monos sapiens, qué mas da. Pero henos aquí contemplando el origen de ese instrumento que, siendo biológico en su origen –los dedos de las manos-, ha ido evolucionando, tanto en su tecnología constructiva como en su utilización, hasta verse envuelto en indispensable para lograr llegar al papel de imprescindible en la representación y comunicación, tanto en la palabra como en la imagen. Su utilidad alcanzó cotas de inmortalidad cuando el grafito pudo convertirse en alma protegida por una caja de madera, con forma cilíndrica o de prisma, como dice la RAE, con lo que ha permanecido durante mucho tiempo como instrumento tecnológico y artístico por sus peculiaridades intrínsecas: versatilidad, expresividad y sencillez comunicativa.

Evidentemente, nuestro personaje y sus hábiles instrumentistas creyeron que su inmortalidad estaba garantizada, ya que, aun con la aparición de objetos metálicos capaces de escribir –máquinas, imprentas, impresoras, etc.-, en el campo artístico no había posibilidad alguna de que le fuera arrebatado esa función en la que nació; pero surgieron nuevos “inventos”, máquinas capaces de trazar líneas sin tener la necesidad de ser guiadas en sus trazados por la mano, es decir, el miembro del cuerpo humano que, conducido por el cerebro, es capaz de interpretar un pensamiento, un concepto y transformarlo en imagen.

Con fórmulas y criterios físicos y matemáticos, que confieren mayor exactitud dimensional, se pretende desplazar una de las características que humanizan y dotan de contenido humano a la realización de una obra: la posibilidad de error, las leyes del azar, el personalísimo trazo que depende de tantos factores físicos, biológicos y emocionales del ser vivo, convirtiendo el resultado en una colección de perfecciones lineales, cromáticas o compositivas que suelen, en muchos casos, dejar “frío” al espectador, que se queda insatisfecho al percibir la perfección de la “máquina” y llegando a asumir que el hombre “ya no hace falta” para comunicar a través de las imágenes ya que, incluso son capaces de reproducir éstas figurando trazos de nuestro personaje.

Sería prolífico entonar cantos de pena y resignación ante la pérdida de protagonismo del LÁPIZ, después de tantos y tantos años de servicio a las mejores y peores causas, pero siempre a “su servicio”. Cuántas veces hemos oído aquello de “para pintar no es necesario saber dibujar” o, “el dibujo a lápiz ya es historia y no futuro”, y peor todavía, “haz cuatro rayas, para qué dibujar, total no se va a ver”. Frases de esta magnitud merecerían ser recordadas, con el nombre de quien las pronuncia, para ejemplarizarles en sentido negativo.

Esperemos, con ilusión, recuperar todo lo que ha sido y, en mi humilde opinión, sigue siendo ese instrumento llamado LÁPIZ, de cuya enfermedad se irá recuperando merced al cariño que se le profesa en los cada vez más abundantes “hospitales artísticos” dentro de las Facultades de Bellas Artes, a pesar de los continuos ataques de sus detractores en aras de la necesaria, pero no excluyente, innovación tecnológica. No nos atreveríamos a emular ese grito deportivo de “¡Viva el LÁPIZ, man que pierda!”. Esperamos poder seguir disfrutando y hablando de su elegante y expresiva negrura y proclamar, algún día, loores y glorias por los siglos de los siglos y que jamás escribamos con él TUS AMIGOS NO TE OLVIDAN.

José María Albero

Artista & Músico

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